El miedo

Por Antonio Argüelles, nadador de aguas abiertas

Foto: ©Antonio Argüelles

Contra las recomendaciones de mis entrenadores, amigos y conocedores de las aguas abiertas, el 15 de enero me convertí en la cuarta persona en 90 años, desde que se cruzó por primera vez el Canal de Catalina, en hacerlo en el mes de enero. Nadie comprendía por qué, sin necesidad de hacerlo, me ponía ese reto en mi calendario de nados de 2017.

Actualmente tengo un proyecto por concluir. Es el de los Siete Mares, Ocean’s Seven en inglés. Este reto de nado equivale al de las Siete Cumbres del alpinismo y consiste en nadar los canales de la Mancha, Catalina, Moloka’i y del Norte y los estrechos de Gibraltar, Tsugaru y Cook. A la fecha sólo 6 personas en el mundo lo han logrado. Me falta uno, el Canal del Norte, que desde mi perspectiva es el más difícil. Si lo logro, seré la séptima persona en completar los Siete Mares.

Entrenar para aguas abiertas es similar a cualquier otra preparación de deportes extremos. Se requiere mucha disciplina para nadar 6 días a la semana, en algunos de ellos hasta 8 horas, además de hacer ejercicios de fortaleza 3 veces por semana y prepararse mentalmente. Hoy, justamente, os quiero hablar del ejercicio personal que hago para lograr mis nados.

Parto de la base de que todos tenemos tropiezos en el camino de la vida y que lo más importante es sobreponerse a ellos. Durante muchos años de mi vida nadé literalmente miles de kilómetros con el único objetivo de poder participar en unos Juegos Olímpicos. Nunca lo logré. Así como ustedes, estudié en el Colegio Alemán, luego en el Suizo, en un high school en California y la universidad en Stanford. Nunca fui el mejor de mi clase.

En mi vida como servidor público logré introducir cambios importantes en los lugares donde trabajé, pero nunca llegué a ser Secretario de Estado.

A los 14 años fundé mi primera empresa y con el tiempo inicié 6 más, dos de ellas, Asdeporte y NET, muy visibles. Sin embargo, nunca me he hecho millonario y sigo trabajando todos los días con el mismo entusiasmo que hace 43 años.

Me di cuenta de que la experiencia de un tropiezo iba acompañada de una frase que me dijo mi padre cuando era niño a raíz de mi pregunta de por qué los astronautas se subían a los cohetes espaciales sabiendo que podían morir. El 27 de enero de 1967, tres astronautas de lo que se conocería como el Programa Apolo murieron calcinados al realizar pruebas dentro de la cápsula espacial. Recuerdo que íbamos en el coche y escuchamos la noticia. Al hacerle la pregunta me contestó: “ellos buscaban el éxito, querían hacer algo especial y fracasaron en su intento. Nunca le temas al fracaso, témele a la mediocridad”.

A partir de ese día, ésas fueron las palabras que definieron mi andar por el mundo: no tener miedo al fracaso, sino a la mediocridad. Ese miedo a la mediocridad me obliga a preguntarme constantemente si estoy haciendo todo lo necesario para lograr mi objetivo.

En el calendario original de mis nados de los Siete Mares, el Canal del Norte estaba programado para el verano de 2016, después del nado de Moloka’i. Recuperarme de Moloka’i me llevó poco más de un mes y, por cuestiones de trabajo, no puede ir a entrenar a San Francisco sino hasta principios de julio. El agua no estaba tan fría, probablemente a unos 15 grados, y me sentía muy mal. Al terminar las 6 horas que me tocaban de entrenamiento me sentía muerto. No había forma en que pudiera aguantar 14 horas a menores temperaturas. Sabía que, si seguía con mi plan de irme a Irlanda a principios de agosto para cruzar el Canal del Norte, sería un fracaso.

Comunicar la noticia a mi equipo y familia no fue fácil. No podían creer que fuera capaz de modificar un nado que llevaba en el calendario 3 años. La decisión era totalmente atípica en mí. En esta ocasión tenía que aceptar que no estaba preparado y que iba a tener que trabajar intensamente para sobreponerme al miedo que sentía por el agua fría.

Aceptar que no puedes tenerlo todo y que tienes limitaciones es parte del trabajo interno que realizo. Sin él, me hubiera estrellado en más paredes de las que me he estrellado. Reconocer que no puedes no es fácil. Ustedes escucharon lo que han dicho de mí: Premio Nacional del Deporte, miembro del Salón de la Fama de Aguas Abiertas, mejor nadador de aguas abiertas en 2015… y, aun así, cada vez que voy a cruzar un mar tengo miedo y a veces sé que no puedo o que no es el mejor momento para intentarlo.

No tiene nada de malo sentir miedo y decir “no puedo”, siempre y cuando hagas todo lo necesario para realmente saber si puedes sobreponerte al miedo y los obstáculos.

A partir de agosto me hice a la idea de ir 4 días al mes a San Francisco. Cada mes la temperatura del agua bajaba y, sin embargo, lograba nadar sin problemas la misma distancia. Cuando la temperatura bajó a 11.5 grados, tuve que reducir la distancia, pero no las horas dentro del agua.

Observar mis avances era alentador, pero no me convencía. Con el agua a 14/15ºC, como en el Canal del Norte, no es lo mismo nadar 6 que 14 horas. Tenía que haber algo más que pudiera hacer para estar seguro de que aguantaría el cruce. Entre mis opciones, la más sencilla en términos de logística era intentar cruzar el Canal de Catalina en enero, a pesar de que uno de mis fracasos deportivos había sido justamente en esas aguas.

El cruce de Catalina y yo tenemos una relación especial. En toda mi carrera deportiva —que incluye 10 maratones, 5 Ironman y todos mis cruces—, Catalina es la única prueba que he tenido que interrumpir antes de llegar a mi meta. Aunque después logré terminar la prueba 3 veces, intentarlo en enero, cuando sólo 3 personas antes de mí lo habían logrado, era aceptar la posibilidad de que podía fracasar.

Un nado en solitario es lo menos solitario que existe. Necesitas de un equipo multidisciplinario y una familia que te apoye, y no siempre es fácil mantener la unidad frente a la diversidad de las opiniones en el grupo.

Anunciar mis planes trajo consigo los comentarios que esperaba: “Estás loco, ¿qué quieres probar?”; “Es casi imposible”; “Vas a poner en riesgo Cook. Tendrás pocas semanas para recuperarte”; “¿Para qué te arriesgas a fracasar si tienes un record envidiable?”; “Las inscripciones para intentar el cruce inician en abril, la asociación no te va a dejar”; etc.

Aquí déjenme dejarles otro pensamiento. Sean ambiciosos con las metas que se ponen y no dejen que nadie les ponga límites a sus sueños o les diga que algo es imposible.

La primera semana de enero llegué a San Francisco con el objetivo de meterme al mar todos los días durante 8 días seguidos. El agua estaba a 10 grados.

El primer día el objetivo era llegar a 60 minutos. A los 3 minutos tuve que pararme a frotarme las orejas y recuperar la respiración. Me mantuve a corta distancia de la playa y a los 45 minutos empecé a marearme. Entré en pánico y me dirigí a la playa. No podía levantarme. Había parado el reloj a los 48 minutos. Caminé hacia el club y para llegar tuve que meterme nuevamente al agua. Salí y me tiré en el muelle. No podía levantarme y temblaba sin parar. Simon Dominguez, amigo mío del South End Rowing Club me dijo: “No te preocupes, no te vas a morir. Te dolerá un rato, pero verás que te va a servir”.

Ya recuperado, me di cuenta de que, además del frío, ahora tenía que controlar el pánico de desmallarme en el agua. Consultar al núcleo del equipo estaba fuera de toda posibilidad. No quería lecciones de que lo que estaba haciendo no era lo correcto. La otra opción era aceptar nuevamente que no podía y consultarlo con alguien más en el mundo de las aguas abiertas. Me llené de valor y le escribí a un amigo contándole lo sucedido.

Me dijo: “La capacidad de aguantar el dolor al frío irá incrementando, pero tienes que estar consciente de que nunca va a desaparecer. Entrena tu mente para soportarlo. Conforme tu cuerpo se enfría y te das cuenta, relájate. En cuanto empieces a sentir estragos no entres en pánico. Busca cómo relajarte y continúa. Sin embargo, si tu cuerpo ya no pude soportar el frío, te dará hipotermia. Salte inmediatamente. Regresas otro día”. Con estos consejos seguí nadando los siguientes días y llegué el 14 de enero al puerto de Long Beach.

Antes de partir parecía que tendría una fiesta en el barco. La realeza de las aguas abiertas del sur de California estaba presente. Habíamos 4 miembros del Salón de la Fama y 5 personas con la Triple Corona terminada. No había duda de que la expectativa era muy grande.

Por mi parte tenía claro que estaba en el umbral de mi carrera como nadador. Lo que sucediera esa noche iba a ser definitivo para poder lograr mi objetivo de ser la séptima persona en el mundo y el primer mexicano en lograr los Siete Mares y, de paso, ser el primer mexicano en completar cuatro de ellos. Sentía gran emoción.

Cada vez que veo el video del cruce me sucede lo mismo. No puedo evitar controlar la respiración cuando salto del barco y recordar la sensación de tranquilidad cuando entré al agua.

Sabía que durante la noche las olas estarían muy altas, pero había posibilidades de que al amanecer bajaran y saliera el sol. Las olas no bajaron y el sol no salió. Así es esto. Como en la vida, hay días con mareas altas y días sin sol. Pero lo importante es no dejarse abatir. Las adversidades pueden verse como la sal y la pimienta; son lo que en el fondo hace interesante el trayecto.

Cuando finalmente llegué a la orilla y me pude levantar, sentí la tranquilidad de saber que, aunque respetaba el frío del agua, ya no le tenía miedo; comprobé que todavía tengo la capacidad de no temer al fracaso. Algo muy bello para mí fue que, una vez más, no tendría que dar explicaciones de mi nado. Es reconfortante cuando sabes que el éxito no necesita explicación.

 

*Texto de Antonio Argüelles para la conferencia TEDxHumboldtMexico City celebrada el pasado 6 de junio 2017.

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