Historia del primer cruce a nado del Canal de la Mancha

Redacción

Foto: vista aérea del Canal de la Mancha

Todo tiene un origen. Y, por supuesto, las travesías en aguas abiertas también. Uno de los pioneros de este deporte, una de las figuras claves en el nacimiento de esta disciplina fue, sin duda, el Capitán Matthew Webb, la primera persona en cruzar a nado el Canal de la Mancha, en el año 1875.

“Nadando a braza” y “alimentándose con caldo caliente, café, brandy, cerveza y aceite de hígado de bacalao”. Así cuenta la hazaña de Webb el nadador de larga distancia y poseedor de la Triple Corona, Miquel Sunyer, en su libro 48 Brazadas. Una obra en la que Sunyer habla de sus experiencias como nadador de aguas abiertas, y en la que también nos relata las increíbles historias de los pioneros de nuestro deporte.

De esta forma, Sunyer, nos cuenta la hazaña de Webb:

“[…] En 1875, cuando Webb se disponía a cruzar el canal, los periódicos no hablaban de otra cosa. Se hacían apuestas sobre el desenlace de tal aventura y la expectación era máxima. El 12 de agosto, después de haber estado esperando en vano muchos días a que mejorara el tiempo, empezó la travesía cuando estaba a punto de anochecer y a pesar de que el mar estaba muy agitado. Después de nadar más de siete horas en la oscuridad, el mar estaba tan encrespado que amenazaba con volcar las embarcaciones que lo acompañaban y que, además, apenas eran capaces de divisar a Webb en el agua. Tuvo que abandonar.

Sin embargo, solo doce días después, el 24 de agosto, decidido a contradecir a quienes aseguraban que moriría en el intento, se lanzó al mar desde el puerto de Dover. Vestido tan solo con un bañador de la época y con el cuerpo completamente untado con grasa de beluga, empezó la travesía hacia Francia nadando a braza, el único estilo de natación que existía en aquellos tiempos, escoltado por tres barcos de apoyo. Durante el trayecto se alimentó con caldo caliente, café, brandy, cerveza y aceite de hígado de bacalao, que le suministraban desde las embarcaciones con una percha, ya que una de las condiciones que se había autoimpuesto era que, si tocaba o se apoyaba en algún barco, la travesía no tendría validez. Nacía así el estilo purista de nadar por medios propios entre dos puntos de tierra separados por mar, sin ropa de protección ni la posibilidad de apoyarse en ningún sitio para descansar.

Matthew nadaba pacientemente, a unas veinte brazadas por minuto, mientras los pasajeros de los barcos que navegaban por la zona lo observaban incrédulos, preguntándose si se trataba de un náufrago o de algún marinero que habían lanzado al mar a causa de alguna grave ofensa. Durante el trayecto sufrió numerosas picaduras de medusas, pero su resistente constitución y su carácter estoico le permitieron continuar. Sin embargo, cuando ya estaba muy cerca de Francia, las fuertes corrientes del cabo Gris-Nez lo retuvieron durante más de cinco horas sin avanzar. Finalmente, consiguió acercarse a tierra francesa, nadando a menos de doce brazadas por minuto y arrastrando las piernas, casi inertes. En el barco de correo Maid of Kent, la orquesta tocaba Rule, Brittania! mientras botaba una embarcación con ocho personas a bordo que no pararon de gritar y de animarlo, escoltándolo a muy poca distancia, protegiéndolo de las olas. En la playa lo estaban esperando centenares de personas que también gritaban incansables. Después de veintiuna horas y cuarenta y cinco minutos, tras haber nadado en zigzag sesenta y cuatro kilómetros, Webb llegó a Francia: fue la primera persona en cruzar a nado el canal de la Mancha.

Una multitud de periodistas estaban esperándolo, deseosos de obtener las primeras declaraciones.

—Señor Webb, ¿qué ha sentido al llegar a Francia? —le preguntó alguien.

Todo el mundo guardó silencio, expectantes ante lo que podría contar el nuevo héroe. Webb miró un momento hacia el horizonte, el mismo que acababa de conquistar. Parecía buscar en él la respuesta. Levantó las cejas y selló los labios castigados por la sal, negando ligeramente con la cabeza.

—Miren —dijo finalmente—, solo puedo decir que, aunque viva cien años, nunca olvidaré el momento en que he tocado la arena de Calais y he sentido la tierra francesa bajo mis pies.”

La historia completa del Capitán Webb, las de otros pioneros de la natación en aguas abiertas, y la de Miquel Sunyer, las encontraréis en el libro 48 Brazadas.

48Brazadas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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